Por Gamelyn Oduardo Sierra
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Foto/R. Alcaraz |
Me arrestaron por protestar. Corría, junto a
cientos de estudiantes, para evitar la embestida de cientos de efectivos de la
Fuerza de Choque. La unidad de arrestos especiales nos cerró el paso. En un abrir y cerrar de ojos, un grupo
de oficiales con sus macanas estaban sobre mí. Golpeándome. Gritándome. “Cógelo,
cógelo”, decían. Las palabras “está usted bajo arresto” fueron como de
película; pura fantasía. En vez de
policías, parecían una ganga de delincuentes habituales. En vez de ponerme bajo
arresto, me golpeaban en repetidas ocasiones y yo, como cualquier otra persona,
trataba de soltarme y correr.
No fue hasta que me pusieron en una llave, que casi
me arranca el brazo izquierdo y me ahorca, que me pidieron que me dejara
arrestar. Aún tengo el cuello lesionado. “¿Por qué? ¿Cuáles son los delitos que
se me imputan?”, le pregunté a los oficiales. La salvaguarda constitucional fue
tal que no supe qué delitos se me imputaban hasta las doce de la noche del
viernes. Cabe mencionar que me arrestaron el jueves a las dos de la tarde,
junto a un compañero que fue detenido al interceder por mí ante los
oficiales. Aprovecho para decir
que admiro su valentía, su solidaridad y le estaré eternamente agradecido.
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Foto/R. Alcaraz |
Luego me colocaron las esposas plásticas. Apretadas por demás. Rodeado de agentes de la Fuerza de
Choque nos movían junto a otros estudiantes arrestados. Aquí recodé las palabras de Juanchi, nuestro
maestro en el taller de desobediencia civil, sobre la importancia “performativa”
del momento del arresto. Comencé a denunciar el arresto ilegal a los allí
presentes, a exhortarlos a continuar la lucha y a cantar consignas. Los otros arrestados me siguieron. Luego
cantaban y denunciaban todos los que observaban el arresto. Por esto, los agentes que nos
arrestaron nos apretaron las esposas mientras nos mandaban a callar. Les hicimos claro que no nos iban a
silenciar de esa manera. Eso era
lo que me daba fuerza para seguir. Si quería, que continuara apretando las
esposas.
Llegamos a la “perrera”. Nos lanzaron como sacos de
papa. Una vez adentro, comenzó el
trabajo psicológico. Nos decían que somos una minoría y que no vale para nada
la lucha que estábamos dando en la Universidad, entre otras cosas. Nosotros contestamos sin miedo,
aferrados a nuestras convicciones.
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Foto/R. Alcaraz |
No sé en qué momento llegó Todd Fike, el tejano de
la prótesis que fue arrestado minutos antes. Tan pronto entró en la perrera nos pidió que les
comunicáramos a los oficiales que era paciente del corazón y que tenía dolor en
el pecho. Eso hicimos. Pero el intento se perdió en la
traducción mientras comenzó a convulsar.
Los agentes se hicieron de la vista larga. Mientras convulsaba, uno comentó que se estaba “haciendo” y
que no lo dejaran salir del vehículo ni a vomitar. En un esfuerzo sobrehumano y casi de super héroe elástico, un
compañero logró llamar al 9-1-1 para solicitar asistencia médica (no me
pregunten cómo, pues tenía las esposas puestas). Lo escuché diciéndole a la operadora incrédula: “Sí, que estamos arrestados en una
guagua de la Policía frente al estacionamiento multipisos de la Universidad de
Puerto Rico”.
Intenté imitarlo. Esposado, saqué el teléfono de mi
bolsillo con mucho trabajo y envié un mensaje múltiple a mi madre, a una
persona que perdí de vista justo antes de mi arresto, a algunos colegas del
Comité de Acción de Estudiantes de Derecho y a mis compañeros y compañeras de DESDE ADENTRO y RADIO HUELGA. Comenzaron las llamadas desesperadas de mi abuela, mi
hermano, de mi madre y de otros compañeros y compañeras. Mi teléfono
murió. Lo guardé a prisa ya que
cuando uno de los oficiales descubrió que un compañero arrestado utilizaba el
suyo se lo arrancaron de las manos.
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Foto/R. Alcaraz |
El tejano seguía convulsando y ya los agentes
comenzaban a preocuparse. Fue
tanto el susto que preguntaron si alguno de nosotros, los arrestados, era
paramédico. Nos bajaron del vehículo bajo la lluvia mientras los paramédicos de
la Universidad atendían la situación. El aguacero no rompió nuestro espíritu,
pues al salir vimos a varios manifestantes en la avenida Gándara trepándose sobre
las rejas y haciéndonos señales de apoyo.
El tejano continuó su camino al hospital.
Aguardamos en el estacionamiento un rato largo
durante el cual más de una veintena de oficiales observaban fotos y videos de
la manifestación tratando de identificarnos en ellos. Llegamos al cuartel de Hato Rey Oeste. Pude observar a
Guillermo Rebollo, a Ariadna Godreau, a mi profesora Érika Fontánez Torres, a
la familia Ríos Escribano y a otros compañeros y compañeras que llegaban al
cuartel. Los vi a través de los cristales ahumados y traté de golpearlos con mi
cabeza para dar señales de vida. No sé cuan efectivo haya sido eso.
En el cuartel, estaban todos los oficiales formados
a lo largo de los pasillos. Nunca
había tenido un recibimiento tan formal.
“¡Que Dios me los bendiga a todos!”, les dije, a pesar de que soy un
ateo empedernido. Ya tenían a un compañero huelguista y a una compañera dentro
de dos celdas separadas.
Foto/Jesús Vázquez |
Nos leyeron las advertencias e hicieron un
inventario de nuestras pertenencias para ingresarnos a la celda. Dentro de mis pertenencias había todo
lo que debe tener un estudiante de Derecho si es arrestado: cuatro dólares en
pesetas y dos en pesos (mi capital), un prontuario, un libro de Derecho
Hipotecario, casos de la Clínica de Derecho Ambiental, mi cámara, mi Ipod y dos
libretitas pequeñas de apuntes, entre otras cosas como bolsas de canicas. Al
sacarlas de la mochila, el agente Ramírez, que se había encargado de mi
arresto, me dijo: “estás jodío”. Me preguntaron si había tirado canicas a la
Policía. No. Tal vez me gustaba el juego autóctono de las canicas, dijo otro. Sí, ese día gané el campeonato de las
canicas, y las que faltaban, me las habían “pela’o” en el campeonato. Creo que nunca nadie me había mirado
tan mal como me miraron ellos.
El agente Ramirez insistía en comentar, por alguna
razón, que me gustaba golpear a las mujeres. Le reiteré en diversas ocasiones que no sabía de qué me
hablaba. Entonces me sentó de
frente a una mujer policía que había intervenido en mi arresto. Recuerdo que ella trató de ponerme el
pié para humillarme en el suelo mientras me intentaban arrestar. En aquel
momento, como un reflejo, levanté mi pié y ella perdió el balance. A esto se refería. En ningún momento la
golpié. Aunque justificaría a cualquiera que, bajo mis circunstancias, hubiera repelido el ataque con una
fuerza proporcional para ello. Insistieron. La última vez que Ramírez me
insistió sobre ese particular, lo miré fijamente a los ojos y le dije: “Tú me
tienes que respetar”.
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Foto/Regina Rodríguez |
Me ingresaron a la celda y abracé a mis compañeros.
Lo olvidé todo por un instante. Le pregunté a la compañera de la celda de al
lado (que no podía ver) si estaba bien. Todos estaban bien. Le dije que
cualquier cosa, pegara un grito.
Estuvimos un rato hablando de todo tipo de cosas. El foco principal de las bromas era el
inodoro de aluminio de la celda, para el cual no se me ocurren adjetivos
acertados.
Las primeras visitas fueron de los abogados. Éstas
nos calmaron bastante. Ya sabíamos que no estábamos solos. Comenzamos a
escuchar las consignas del piquete en las afueras del cuartel. Desde la celda
los acompañamos y dábamos contra las paredes al ritmo. Cada vez más alto. Incluso, cuando
llegó la agente que nos custodiaba, continuamos cantando por encima de lo que
nos trataba de decir. Al parar de cantar
me enteré que mi madre estaba presta a entrar y traerme comida. Le pregunté si
podía continuar cantando para que mi madre nos viera en buenos ánimos. Se negó
y yo obedecí.
“¡Lucha sí, entrega no!”, gritó mi madre tan pronto
nos vio. Me calentó el corazón. Nos expresó su apoyo incondicional y le conté
lo que pude con el poco tiempo que me daban. Al tratar de darle un beso de
despedida se pegó contra los barrotes.
Busqué una manera de besarla sin que se golpeara a través de una ranura
cuadrada en las rejas. Pronto
llegaron el resto de las madres de los compañeros y de la compañera de
celda. Les enseñé a todas la
manera de besar a sus hijos sin golpearse contra la reja.
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Foto/Archivo DESDE ADENTRO |
Comimos.
Nos trajeron tanta comida que nos tuvimos que llevar varios platos a
nuestra salida del cuartel. Las próximas horas pasaron a cuentagotas. Algunos dormitábamos mientras
escuchábamos las conversaciones de los agentes. “Los deberían expulsar”, decían
despectivamente. No comprendían por qué protestábamos y decían que deberíamos
pagar la cuota. Les contestamos. Ellos
nos ignoraban. Cuando la situación comenzaba a tornarse intolerable, llegó Rosalinda
Soto, madre de Waldemiro Vélez, y nos calmó. Nos trajo café y nos dio nuevos ánimos.
Escuchábamos el piquete más fuerte. El aire de
solidaridad se sentía aun entre barrotes.
Así pudimos consignar y cantar un poco más. Pasaron las horas al son de “El Wanabí” de Fiel a la Vega, “Mano
Dura” de Intifada, canciones navideñas de protesta universitaria y hasta una
canción de bomba que aprendí recientemente. “Mi cultura no se vende, porque no se vende la identidad”,
cantábamos a coro mientras intentaba improvisar y tocar un yubá en los barrotes
de la celda. Esto nos animó. El tiempo pasó más a prisa y después de
casi diez horas encerrados nos llevaron al tribunal.
A uno de nuestros compañeros de celda le dejaron ir
sin consideraciones. Se habían equivocado de persona. El viaje del cuartel al tribunal fue una tortura. El agente tomaba las curvas a toda
velocidad ignorando que estábamos esposados en parte de atrás de la
guagua. Se lo comentamos e hizo
caso omiso.
Foto/Archivo DESDE ADENTRO |
Tan pronto llegamos al tribunal nos sentaron en
unos banquillos a esperar. Con las
manos esposadas a nuestras espaldas, continuamos con el son al tocar contra la madera
de los banquillos los ritmos que nos animaban. Siempre me ha gustado la
percusión y, sinceramente, ¡la montamos!
Nos soltaron las esposas mientras esperábamos a los
fiscales. En esas horas pudimos compartir con nuestras familias y ver las
noticias. Vimos las imágenes del día, los estudiantes retando a la Fuerza de
Choque, cuerpo a cuerpo, en Plaza Universitaria, vimos el corre y corre en
medio del cual nos arrestaron y vimos el piquete en las afueras del cuartel en nuestra
solidaridad.
La jornada estaba por terminar.
Luego de las noticias a las 11 p.m. llegaron los
fiscales. Al fin supimos los
delitos que se nos imputaban. Un
cargo por agresión contra el agente Ramírez. Objeto con el cual realicé la
supuesta agresión: mi cuerpo. Alegación
totalmente falsa. Comienza la
vista de “regla 6” y el agente Ramírez, y su compañera que le servía de
testigo, hicieron el ridículo. Sus historias nunca cuadraron.
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Foto/Andrés González Berdecía |
Me dejaron ir
aunque, en realidad, nunca perdí mi libertad. Afuera me esperaban compañeros y
compañeras de estudio. Los abracé
a todos pero no me pude ir. Aguardé
a que soltaran hasta el último compañero arrestado. Era ya la 1 a.m. del sábado. Y sí, si me preguntan, lo haría
todo otra vez.
pa' lante siempre!!! valientes!
ResponderEliminarAprovecho éste reportaje para pedirle a los estudiantes huelguistas que NO se pongan a gritarle improperios a los estudiantes que, OBLIGADOS, entran a tomar finales. Según muchos de ustedes pagaron matrícula OBLIGADOS, y no han renunciado a sus ideales, muchos de nosotros tenemos que tomar finales, OBLIGADOS, y no hemos renunciado a nuestros ideales.
ResponderEliminarExcelente testimonio Gamelyn, solidario siempre...
ResponderEliminarA nadie lo obligan a romper huelga!
ResponderEliminarLos estudiantes estan siendo obligados tanto a pagar cuota como a tomar finales.
ResponderEliminarEl que no quiera ver eso es un fanático. Una cosa es el rompehuelga que puede faltar a clase, y otra cosa es el estudiante que tiene que mantener promedio para poder seguir estudiando.
De la lista de valientes que se atrevió a respaldar a Ariadna públicamente hay par que se vieron obligados a tomar exámenes.
Tú no eres mejor que ellos ni eres quien para cuestionar sus ideales. Son victimas de coerción, igual que los que pagaron cuota.
Bravo compañero, esto es identidad y es Patria y por ello mi abrazo y el de todos contigo.
ResponderEliminarComo madre de una estudiante huelguista y que ha seguido de cerca el proceso, aunque no he estado presente físicamente en algunos eventos, expreso mi admiración a estos jóvenes que no se dejan intimidar. Hubiera querido yo ser igual de valiente en mis años en la UPR.
ResponderEliminaryo no se como pueden estudiar o tomar examenes con mosalbetes con macanas y ametralladoras en toda la universidad.
ResponderEliminarquien carajos se siente mejor con animales con pistolas en todos lados.
viendo todo lo que ha pasado desde una perspectiva amplia cualquiera creeria que la cuota es solo para joder a los estudiantes o para no echarse hacia atras despues de todo este tiempo, ya que con todo el dinero gastado contra la huelga entre la universidad y la policia se paga al menos la mitad de la cuota. esto sin pensar en la falta de policias en el resto del pais.
Quisiera estar en Puerto Rico para apoyarles pero el destino pero el destino me ha tirado fuera. Desde aca Barcelona reciban un abrazo y apoyo incondicional con nuestra lucha por la eduacioc para los pobres.
ResponderEliminarBregaria que hicieran un documental de la realidad de la huelga universitaria UPR. Para que todos puedan ver todo como realmente sucedio, y para poder escuchar historias como estas.
ResponderEliminarGamelín, desde las mesas de venta artesanal del sur de las Américas... está recontra genial el artículo. Gracias por una redacción sincera, escrita desde el pueblo y con todas las denuncias de las atrocidades cometidas.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo.
Lorie